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14/02/2010 - Agencia Voces/ Razón Pública.org

Los oscuros significados de la paz

En sus significados más comunes, la palabra "paz" alude a situaciones de tranquilidad, sosiego, ausencia de guerra y de turbulencia social. La preservación del orden o su restauración (en forma de reconciliación y postconflicto) constituye la esencia de la paz. Pero la paz tiene otros muchos y menos obvios significados.

 

Escrito por Freddy Cante *

Ambrose Bierce, en su Diccionario del Diablo, ofreció los siguientes significados de las dos caras de una misma moneda: "Paz, s. En política internacional, época de engaño entre dos épocas de lucha".

 

"Guerra, s. Subproducto de las artes de la paz. Un período de amistad internacional es la situación política más amenazadora. El estudioso de la historia que no ha aprendido a esperar lo inesperado, puede perder la esperanza de cualquier revelación. La máxima, `En tiempo de paz prepara la guerra` tiene un significado más profundo de lo que parece; quiere decir, no sólo que todas las cosas terrestres tienen un fin, que el cambio es la única ley inmutable y eterna, sino que el terreno de la paz está sembrado con las semillas de la guerra y favorece su germinación y crecimiento."

 

La historia reciente, en los ámbitos nacional e internacional, ha desbordado el humor negro de Bierce. Aquí se presentan algunos de los nuevos y cada vez más sombríos significados de la paz, haciendo uso de pequeñas dosis de lenguaje ácido (propio del caricaturista) y con la intención de hacer un llamado urgente a quienes se sientan pacifistas para que aprendan de sus fracasos y sean más creativos ante los renovados retos históricos.

 

Crímenes de la paz: en la perspectiva de autores como Franco Basaglia se muestra que los gobernantes y los "funcionarios del consenso" hacen uso de la violencia sistemática, entre la que se destacan cárceles y manicomios, para encerrar, silenciar y domesticar a los disidentes y causantes de turbulencia social.

 

 Hoy podríamos decir que gran parte del mundo aparece como un escenario de paz (ausencia de conflictos) porque sistemáticamente se ocultan graves crímenes de millares de ciudadanos normales (inversionistas y consumidores) contra el medio ambiente y contra la subsistencia de millones de seres humanos.

 

 Movilización por la paz en Colombia: masivas y efímeras acciones colectivas que han congestionado el tráfico en algunas ciudades con marchas de millones de personas, han hecho alguna noche más oscura gracias a cientos de miles de bombillas apagadas, y han colmado los depósitos de basura con millones de tarjetas que registraron el voto por la paz y toneladas de hojas o de tela fatigada por millares de símbolos y mensajes pacifistas. Se presume que tales manifestaciones han sido gigantescas porque bajo el lema de la paz en abstracto cabe todo el mundo; justamente el talón de Aquiles de dichas movilizaciones radica en que hasta el momento no existe algún consenso o acuerdo mínimo sobre el significado de la paz.

Quizás el valor agregado de tal experiencia lo ha usufructuado un puñado de hábiles dirigentes (pacifistas) que ahora trabajan para causas de pacificación, como la seguridad democrática y la reconciliación nacional -en medio del recrudecido conflicto-. ¿Acaso no resulta mejor propiciar una movilización social en torno a unos objetivos concretos en materia de reivindicaciones, derechos ciudadanos o algún orden social deseable que seguir haciendo estériles llamados a la paz abstracta?

 

Premio Nacional de Paz en Colombia: publicitado reconocimiento a las comunidades más azotadas por la guerra y que se han destacado por tratar de sobrevivir a la pobreza y los fuegos de la insurgencia y de la contrainsurgencia legal e ilegal. Últimamente se otorga a algún afamado cantante que por sus canciones con letras insulsas o decididamente machistas se convierte en la antítesis del artista con compromiso social, y quien nos vende la idea de que los conflictos internacionales se pueden resolver mediante efímeros conciertos y cursis llamados a la concordia.

 

Premio Nobel de Paz: distinción que con alguna frecuencia se otorga al Presidente del país con mayor poder destructivo del mundo, cuya misión es la de hacer guerras y destruir países empobrecidos para promover la paz y fomentar la democracia mediante el exterminio de terroristas y peligrosos cultivadores de coca. También se suele conceder a algún banquero de los pobres quien vende la historia de que la pobreza se puede acabar cuando los pobres se vuelvan competitivos empresarios, entre cuyos ejemplos se destacan las damas pobres que venden minutos de llamadas por celular y los mendigos que se vuelven vendedores de baratijas. Seguramente tales paladines han prestado notables servicios a la causa de la paz (preservación del orden) al salvar de la quiebra a banqueros irresponsables y liberar a los gobernantes de su responsabilidad en la política social.

 

 Procesos de paz en Colombia: bienintencionados intentos de acabar con algunas guerras aunque fuese al costo de sembrar otras nuevas. Se destacan el Frente Nacional (paz entre liberales y conservadores que excluyó a terceras fuerzas progresistas) y la amnistía en el gobierno de Belisario Betancur que generó celos y odio en los creadores del tenebroso paramilitarismo.

Han abundado recientemente las tentativas de negociar lo no negociable, incluso la vida y la dignidad con nefastos resultados, entre los que se destacan los siguientes: la cárcel de la Catedral hecha a imagen y semejanza de los caprichos del capo más peligroso durante el gobierno de César Gaviria; el elefante del narcotráfico que al parecer sólo fue invisible para el presidente Samper; la zona de distensión que durante el gobierno de Pastrana sirvió de telón para ocultar las maniobras guerreristas de las FARC y del gobierno; la subasta de cargos públicos, leyes (entre las que se destaca la ley de justicia y paz), cárceles de alta comodidad, y subsidios a favor de los amigos o patrocinadores del presidente Uribe quien podría representar el paradigma del negociante.

 

Reconciliación en Colombia: curioso intento de reconciliar sin preguntar si alguna vez ha existido un estado de armonía y conciliación. En su forma más descarada, la reconciliación es la cruel tentativa de negar los efectos de la violencia o la existencia misma del conflicto. Quienes suponen que hay una amenaza terrorista en un país de dudosa democracia y con más de medio siglo de guerra civil, niegan el conflicto. Quienes quieren denominar migrantes voluntarios a una población desplazada que supera los tres millones de personas, víctimas de la pobreza y de la violencia directa, pretenden negar los efectos nocivos del conflicto.

 

 El olvido y el perdón sin condiciones, el intento sistemático de ocultar los daños y opacar la responsabilidad de victimarios y beneficiarios, o la estrategia de sugerir que todos somos igualmente dañinos y que hay que hacer borrón y cuenta nueva, son otras tentativas de reconciliación. Los exponentes más utópicos o inocentes de la reconciliación abogan por metas maximalistas como verdad, justicia, reparación y restauración.

 

Postconflicto: una especie de nirvana o de ciudadela armónica que al menos no existe en este mundo sino en la ficción de quienes, de manera inocente o francamente malévola, quieren hacernos creer que puede existir una convivencia social libre de conflictos. Lo que muestra la historia es que los conflictos son una especie de energía social, destructiva o creativa, que no se extingue y que más bien se transforma o evoluciona hacia nuevas formas de conflictividad. Se destaca que autores tan cuestionados como el economista Thomas Schelling han preferido hablar de guerra limitada o camaradería imperfecta para referirse al conflicto.

 

 Paz imperfecta: un estado de orden y armonía en donde se respira el fétido hedor de millares de sepulcros blanqueados, pues supone aceptar toda la imperfección (violencia, guerra y criminalidad) del "orden" y presenta el riesgo de menoscabar la honestidad y las buenas intenciones de los pacifistas.

 

* Doctor en Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Colombia, Investigador del Observatorio de Redes y Acción Colectiva del CEPI de la Universidad del Rosario y profesor principal de la facultad de ciencia política de la misma universidad.

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